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Señor, quizás me dirá que exagero pero le digo esto: no hay más trágico escenario que un amor no correspondido.

Esta bien, ya se que la historia se la han contado muchas veces y que parte de sentir que el mundo se viene abajo nace de la errónea noción de creernos únicos, cuando en realidad somos todos copias de lo mismo. 

Pero permítame aferrarme a la idea que el sueño mantiene a raya, la hipótesis que me asegura que en el mundo nadie hasta el momento ha añorado con tanto fervor como lo he hecho yo y que la cruz con la que cargo, con la que cargan los soñadores de cosas imposibles, nadie la ha llevado a cuestas con el mismo ímpetu con la que la transporto yo.

No sirve de nada, lo sé, pero se trata de mantener un poco de dignidad ante lo vergonzoso que es hallar el corazón desnudo.

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El día que se inventaron los besos a nadie le preocupó no saber hacia donde inclinar la cabeza.

Antes de que la gente supiera que los rostros se podían acercar, el amor eran dos manos que se sostenían con delicadeza presintiendo que algo hacía falta pero no sabiendo que. 

Pero ese día la noticia se esparció (de boca en boca) y dos parejas se encontraron en esquinas casi oscuras con manos que, sin ser obsoletas, ya no eran suficientes. 

Quien asegura que con el tiempo las cosas cambian seguramente no vio, en sus mejillas sonrojadas y en las miradas de reojo, el mismo anhelo de las parejas que ahora acercan sus labios en los tiempos que vinieron mucho después del día en el que se inventaron los besos.

Tarde

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Cuando me avisaron que se acercaba el fin del mundo volví a pensar en ti.

Te recordé sentado sobre la hierba, en el parque detrás de mi casa, riéndote de mi. Por un breve momento me vi, en medio de aquel ataque de risa que no podía controlar, siendo feliz y aceptando las burlas solo por que las hacías tú.

Recordé tu amor por los libros, tus zapatillas viejas y la manera en la que mi nombre se te escapaba entre los dientes como algo que dices con cuidado por que no sabes si tu boca sabrá pronunciarlo por mucho más tiempo. Recordé tus apodos, tu ausencia y el pesar que siguió después. Los amores que te remplazaron y los apodos que vinieron con ellos.

Cuando me avisaron que el mundo se acababa pensé que me hubiera gustado ser feliz contigo y te imagine, donde fuera que la vida te había depositado después de tantos años, quizá  pensando en mi con la misma duda existencial con la que yo pensaba en ti ahora.

Recordé las cosas que dije el día que nos dejamos ir y soñé con escribirte las líneas más lindas que hubieses leído jamás a ver si nos perdonábamos el dolor de la prolongada ausencia y el pesado daño que duele más porque no siempre sabes que está allí.

Igual, el fin del mundo estaba cerca y tu seguías lejos y el recuerdo, aunque lindo, no era suficiente.

Poder

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A veces son solo eso: palabras.

Se te acercan, con la intención de tocarte, pero están tan lejos y desconectadas que solo son conjuntos de letras; propósitos puntuales y cosas que hay que decir.

Pero a veces, a veces dejan de ser palabras y se convierten en razones, en huracanes, en martillos que rompen o reparan corazones. Se transforman, crecen, viajan y se traducen y llegan con una lupita mostrándote pedazos de ti que no conocías; reacciones que no sabías que podías tener.

Sin que te des cuenta resulta que ahora son dedos que aprietan el botón que controla la fábrica de lágrimas que secretamente escondes detrás de tus ojos. Quién sabe como encontraron los planos para saber exactamente que la haría funcionar a toda marcha.

En ocasiones dices que amas las palabras, y las ves fluir y protegerte con certezas que solo ellas saben brindarte. Con perlitas de sabiduría de otros tiempos, de otros autores, que se vuelven tuyas: que a veces hasta sientes que se escribieron para ti.

Las amas y las odias al mismo tiempo: cuando te destruyen y cuando saben componerte, cuando no las encuentras y cuando te rodean demasiado.

Tan indispensables y complicadas que pareces necesitarlas hasta para pedir silencio.

Lo difícil

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Tiene problemas del corazón. Veras, es que le flecharon sin querer y ahora nada más le queda amar sin saber por qué.

El problema no fue la flecha; ni las horas dedicadas a filosofar sobre el amor y por que es que pasa cuando pasa. Lo difícil fue amarle. Amar esa cosa sin sentimientos, ni deseos; amarle por que se sentía como un instinto: como respirar, o dormir, o tomar agua para aplacar la sed.

Amarle por que algo dentro de su cuerpo, en un rinconcito más escondido y secreto que donde guardamos los deseos que no decimos en voz alta, le hacía sentir que aquello de quererle era un deber.

Lo difícil fue ver pasar las horas y sentir al amor igual de solo que cuando nació; ver la historia que imagino para sí sucederle a alguien más y tener que internar su corazón en algún hospital imaginario donde le tratasen de aquel terrible mal.

Tiene problemas del corazón. No es una historia nueva, lo ves, pero que débil le hace el querer sin saber por qué.