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Señor, quizás me dirá que exagero pero le digo esto: no hay más trágico escenario que un amor no correspondido.

Esta bien, ya se que la historia se la han contado muchas veces y que parte de sentir que el mundo se viene abajo nace de la errónea noción de creernos únicos, cuando en realidad somos todos copias de lo mismo. 

Pero permítame aferrarme a la idea que el sueño mantiene a raya, la hipótesis que me asegura que en el mundo nadie hasta el momento ha añorado con tanto fervor como lo he hecho yo y que la cruz con la que cargo, con la que cargan los soñadores de cosas imposibles, nadie la ha llevado a cuestas con el mismo ímpetu con la que la transporto yo.

No sirve de nada, lo sé, pero se trata de mantener un poco de dignidad ante lo vergonzoso que es hallar el corazón desnudo.

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En números

Un amor en números, fue así: 

Dos veces te grite que te quiero, a través de la calle, porque no me escuchabas. (¿o será que no me escuchaba yo misma?).

Y otras dos veces más rehuí tus preguntas, esas que me pedían una sinceridad que yo no me atrevía a dar, y las contesté con otro signo de interrogación. (Porque la puntuación importa, veras.) 

Seis veces escribí mensajes de texto que no envíe por que delataban celos que yo no debía sentir; y una fue la mentira que tuve que inventar cuando uno de esos mensajes fue enviado por dedos nerviosos a los que se les ha revocado el permiso de escribir en la madrugada.

Equis número de veces te felicite por que saldrías con alguien y otro número no determinado me gané la desaprobación de mi madre cuando le pedía, entre puertas que están casi cerradas, que me dejará en paz. 

Un amor que se vive en números es amargo. Odiar las matemáticas, en la escuela y en la vida, es más fácil que tratar de encontrarle un resultado distinto a la misma suma de siempre.