En números

Un amor en números, fue así: 

Dos veces te grite que te quiero, a través de la calle, porque no me escuchabas. (¿o será que no me escuchaba yo misma?).

Y otras dos veces más rehuí tus preguntas, esas que me pedían una sinceridad que yo no me atrevía a dar, y las contesté con otro signo de interrogación. (Porque la puntuación importa, veras.) 

Seis veces escribí mensajes de texto que no envíe por que delataban celos que yo no debía sentir; y una fue la mentira que tuve que inventar cuando uno de esos mensajes fue enviado por dedos nerviosos a los que se les ha revocado el permiso de escribir en la madrugada.

Equis número de veces te felicite por que saldrías con alguien y otro número no determinado me gané la desaprobación de mi madre cuando le pedía, entre puertas que están casi cerradas, que me dejará en paz. 

Un amor que se vive en números es amargo. Odiar las matemáticas, en la escuela y en la vida, es más fácil que tratar de encontrarle un resultado distinto a la misma suma de siempre.

 

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Con Mesura

La primera vez que me quede sin palabras fue cuando llegó y me pidió que lo quisiera a medias. Se paro frente a mi, de brazos cruzados, con la camisa fuera del pantalón y los zapatos negros llenos de lodo seco y cuando no supe que contestar me pidió, una vez más, que lo quisiera a medias. 

El concepto me pareció insólito. ¿A medias? ¿Cómo se quiere a otra persona a medias?. Me sonrió y sentándose a mi lado me trató  de explicar que era mucha responsabilidad. Que nadie podía seguir por allí con su vida diaria sabiendo que otra persona le quería tanto, que no era sano. Que eso que yo albergaba dentro mío, esa pasión de la que tantas veces me había sentido tan orgullosa, era para el como un parásito, una sustancia tóxica, que le despertaba en la mitad de la noche con el pecho apretado. Que era demasiada responsabilidad, me repitió. 

Quise gritarle. Asegurarle que en alguna parte del mundo existía alguien que apreciaría el cariño que se me desbordaba cada vez que lo veía, la piel que se me erizaba cuando me comentaba cualquier bobería al oído y los “me recordó a ti” que le escribía en aquellos días que nos separábamos para que supiera que no había dejado de pensar en el. Quise gritárselo, golpearle el pecho y estar segura que algún día regresaría a mi entendiendo que se había equivocado.

Pero era el, la primera persona que yo quería así, y sus palabras me hicieron empezar a dudar: quizá tenía razón, quizá quería demasiado y querer con tal ímpetu no era normal y como yo no había querido antes no lo sabía. Quizá iba el a enseñarme que el amor se practica con mesura y no con arrebato y que lo que me salía a mi tan natural, por que creía que lo amaba, era tan solo un ejemplo más en la larga lista de cosas que estaban mal conmigo. Empezando por la decisión de enamorarme de alguien como el. 

Pero cuando me repitió una vez más que lo quisiera a medias, que no era que no me quería ver pero que no fuera tan intensa, tan volátil, tan insistente, que no fuera tan yo siempre, vi sus zapatos enlodados, su sonrisa nerviosa y su camisa descuadrada por lo que realmente eran: muestras de una vida que yo no quería. 

Al final me pare y le dije que no era yo propensa a hacer las cosas a medias y fue su turno para quedarse sin palabras.