Minientrada

Señor, quizás me dirá que exagero pero le digo esto: no hay más trágico escenario que un amor no correspondido.

Esta bien, ya se que la historia se la han contado muchas veces y que parte de sentir que el mundo se viene abajo nace de la errónea noción de creernos únicos, cuando en realidad somos todos copias de lo mismo. 

Pero permítame aferrarme a la idea que el sueño mantiene a raya, la hipótesis que me asegura que en el mundo nadie hasta el momento ha añorado con tanto fervor como lo he hecho yo y que la cruz con la que cargo, con la que cargan los soñadores de cosas imposibles, nadie la ha llevado a cuestas con el mismo ímpetu con la que la transporto yo.

No sirve de nada, lo sé, pero se trata de mantener un poco de dignidad ante lo vergonzoso que es hallar el corazón desnudo.

Seis grados de separación

Cuando cayó en cuenta de lo que hacía ya era muy tarde. Tenía en la mano el celular y había marcado “enviar”. Menuda manía de escribir impulsivamente y racionalizar después. 

Apagó el celular con apuro y lo volvió a prender rogándole al Todopoderoso de las redes sociales que por algún milagro el mensaje no se hubiese enviado. Soñando que abriría la conversación y que un signito de exclamación en un círculo rojo le devolvería el aire a los pulmones y el ritmo al corazón.

Pero no. El ganchito estaba allí, burlándose de él y asegurándole que lo hecho, hecho esta. Ahora lo que le quedaba era planear la respuesta deflectiva perfecta. ¿Qué sería esta vez? “No, eso no era contigo. No es a tí a quién extraño”. Si solo pensarlo sonaba tonto, pretenderlo como cierto sería un insulto. 

Maldita impulsividad.

Pero más malditas son las ganas de hablarle. La picazón en los dedos, las horas que pasaba debatiendo sobre si abrir o no su twitter, sobre si valía la pena o no saber que estaba haciendo ahora ella por allá… en aquel lugar que antes se sentía tan cerca y que ahora parecía pertenecer a otro continente. 

El después debía haber sido más fácil antes, cuando pensar en los quehaceres de amores pasados se resumía a encuentros fortuitos, a las conversaciones temerosas de amigos que trataban de cuidarte el corazón pero que tampoco podían dejar de vivir. Pero ahora el después se mide inesperadamente en comentarios en fotos de amigos en común, en retweets que no quieres ver pero que alimentan sin querer pedacitos de ti que ya no te gustaría conocer. 

Maldita interconexión. Malditos seis grados de separación. 

 

Poder

Minientrada

A veces son solo eso: palabras.

Se te acercan, con la intención de tocarte, pero están tan lejos y desconectadas que solo son conjuntos de letras; propósitos puntuales y cosas que hay que decir.

Pero a veces, a veces dejan de ser palabras y se convierten en razones, en huracanes, en martillos que rompen o reparan corazones. Se transforman, crecen, viajan y se traducen y llegan con una lupita mostrándote pedazos de ti que no conocías; reacciones que no sabías que podías tener.

Sin que te des cuenta resulta que ahora son dedos que aprietan el botón que controla la fábrica de lágrimas que secretamente escondes detrás de tus ojos. Quién sabe como encontraron los planos para saber exactamente que la haría funcionar a toda marcha.

En ocasiones dices que amas las palabras, y las ves fluir y protegerte con certezas que solo ellas saben brindarte. Con perlitas de sabiduría de otros tiempos, de otros autores, que se vuelven tuyas: que a veces hasta sientes que se escribieron para ti.

Las amas y las odias al mismo tiempo: cuando te destruyen y cuando saben componerte, cuando no las encuentras y cuando te rodean demasiado.

Tan indispensables y complicadas que pareces necesitarlas hasta para pedir silencio.