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Señor, quizás me dirá que exagero pero le digo esto: no hay más trágico escenario que un amor no correspondido.

Esta bien, ya se que la historia se la han contado muchas veces y que parte de sentir que el mundo se viene abajo nace de la errónea noción de creernos únicos, cuando en realidad somos todos copias de lo mismo. 

Pero permítame aferrarme a la idea que el sueño mantiene a raya, la hipótesis que me asegura que en el mundo nadie hasta el momento ha añorado con tanto fervor como lo he hecho yo y que la cruz con la que cargo, con la que cargan los soñadores de cosas imposibles, nadie la ha llevado a cuestas con el mismo ímpetu con la que la transporto yo.

No sirve de nada, lo sé, pero se trata de mantener un poco de dignidad ante lo vergonzoso que es hallar el corazón desnudo.

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En números

Un amor en números, fue así: 

Dos veces te grite que te quiero, a través de la calle, porque no me escuchabas. (¿o será que no me escuchaba yo misma?).

Y otras dos veces más rehuí tus preguntas, esas que me pedían una sinceridad que yo no me atrevía a dar, y las contesté con otro signo de interrogación. (Porque la puntuación importa, veras.) 

Seis veces escribí mensajes de texto que no envíe por que delataban celos que yo no debía sentir; y una fue la mentira que tuve que inventar cuando uno de esos mensajes fue enviado por dedos nerviosos a los que se les ha revocado el permiso de escribir en la madrugada.

Equis número de veces te felicite por que saldrías con alguien y otro número no determinado me gané la desaprobación de mi madre cuando le pedía, entre puertas que están casi cerradas, que me dejará en paz. 

Un amor que se vive en números es amargo. Odiar las matemáticas, en la escuela y en la vida, es más fácil que tratar de encontrarle un resultado distinto a la misma suma de siempre.

 

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El día que se inventaron los besos a nadie le preocupó no saber hacia donde inclinar la cabeza.

Antes de que la gente supiera que los rostros se podían acercar, el amor eran dos manos que se sostenían con delicadeza presintiendo que algo hacía falta pero no sabiendo que. 

Pero ese día la noticia se esparció (de boca en boca) y dos parejas se encontraron en esquinas casi oscuras con manos que, sin ser obsoletas, ya no eran suficientes. 

Quien asegura que con el tiempo las cosas cambian seguramente no vio, en sus mejillas sonrojadas y en las miradas de reojo, el mismo anhelo de las parejas que ahora acercan sus labios en los tiempos que vinieron mucho después del día en el que se inventaron los besos.

Con Mesura

La primera vez que me quede sin palabras fue cuando llegó y me pidió que lo quisiera a medias. Se paro frente a mi, de brazos cruzados, con la camisa fuera del pantalón y los zapatos negros llenos de lodo seco y cuando no supe que contestar me pidió, una vez más, que lo quisiera a medias. 

El concepto me pareció insólito. ¿A medias? ¿Cómo se quiere a otra persona a medias?. Me sonrió y sentándose a mi lado me trató  de explicar que era mucha responsabilidad. Que nadie podía seguir por allí con su vida diaria sabiendo que otra persona le quería tanto, que no era sano. Que eso que yo albergaba dentro mío, esa pasión de la que tantas veces me había sentido tan orgullosa, era para el como un parásito, una sustancia tóxica, que le despertaba en la mitad de la noche con el pecho apretado. Que era demasiada responsabilidad, me repitió. 

Quise gritarle. Asegurarle que en alguna parte del mundo existía alguien que apreciaría el cariño que se me desbordaba cada vez que lo veía, la piel que se me erizaba cuando me comentaba cualquier bobería al oído y los “me recordó a ti” que le escribía en aquellos días que nos separábamos para que supiera que no había dejado de pensar en el. Quise gritárselo, golpearle el pecho y estar segura que algún día regresaría a mi entendiendo que se había equivocado.

Pero era el, la primera persona que yo quería así, y sus palabras me hicieron empezar a dudar: quizá tenía razón, quizá quería demasiado y querer con tal ímpetu no era normal y como yo no había querido antes no lo sabía. Quizá iba el a enseñarme que el amor se practica con mesura y no con arrebato y que lo que me salía a mi tan natural, por que creía que lo amaba, era tan solo un ejemplo más en la larga lista de cosas que estaban mal conmigo. Empezando por la decisión de enamorarme de alguien como el. 

Pero cuando me repitió una vez más que lo quisiera a medias, que no era que no me quería ver pero que no fuera tan intensa, tan volátil, tan insistente, que no fuera tan yo siempre, vi sus zapatos enlodados, su sonrisa nerviosa y su camisa descuadrada por lo que realmente eran: muestras de una vida que yo no quería. 

Al final me pare y le dije que no era yo propensa a hacer las cosas a medias y fue su turno para quedarse sin palabras.  

Tarde

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Cuando me avisaron que se acercaba el fin del mundo volví a pensar en ti.

Te recordé sentado sobre la hierba, en el parque detrás de mi casa, riéndote de mi. Por un breve momento me vi, en medio de aquel ataque de risa que no podía controlar, siendo feliz y aceptando las burlas solo por que las hacías tú.

Recordé tu amor por los libros, tus zapatillas viejas y la manera en la que mi nombre se te escapaba entre los dientes como algo que dices con cuidado por que no sabes si tu boca sabrá pronunciarlo por mucho más tiempo. Recordé tus apodos, tu ausencia y el pesar que siguió después. Los amores que te remplazaron y los apodos que vinieron con ellos.

Cuando me avisaron que el mundo se acababa pensé que me hubiera gustado ser feliz contigo y te imagine, donde fuera que la vida te había depositado después de tantos años, quizá  pensando en mi con la misma duda existencial con la que yo pensaba en ti ahora.

Recordé las cosas que dije el día que nos dejamos ir y soñé con escribirte las líneas más lindas que hubieses leído jamás a ver si nos perdonábamos el dolor de la prolongada ausencia y el pesado daño que duele más porque no siempre sabes que está allí.

Igual, el fin del mundo estaba cerca y tu seguías lejos y el recuerdo, aunque lindo, no era suficiente.

Seis grados de separación

Cuando cayó en cuenta de lo que hacía ya era muy tarde. Tenía en la mano el celular y había marcado “enviar”. Menuda manía de escribir impulsivamente y racionalizar después. 

Apagó el celular con apuro y lo volvió a prender rogándole al Todopoderoso de las redes sociales que por algún milagro el mensaje no se hubiese enviado. Soñando que abriría la conversación y que un signito de exclamación en un círculo rojo le devolvería el aire a los pulmones y el ritmo al corazón.

Pero no. El ganchito estaba allí, burlándose de él y asegurándole que lo hecho, hecho esta. Ahora lo que le quedaba era planear la respuesta deflectiva perfecta. ¿Qué sería esta vez? “No, eso no era contigo. No es a tí a quién extraño”. Si solo pensarlo sonaba tonto, pretenderlo como cierto sería un insulto. 

Maldita impulsividad.

Pero más malditas son las ganas de hablarle. La picazón en los dedos, las horas que pasaba debatiendo sobre si abrir o no su twitter, sobre si valía la pena o no saber que estaba haciendo ahora ella por allá… en aquel lugar que antes se sentía tan cerca y que ahora parecía pertenecer a otro continente. 

El después debía haber sido más fácil antes, cuando pensar en los quehaceres de amores pasados se resumía a encuentros fortuitos, a las conversaciones temerosas de amigos que trataban de cuidarte el corazón pero que tampoco podían dejar de vivir. Pero ahora el después se mide inesperadamente en comentarios en fotos de amigos en común, en retweets que no quieres ver pero que alimentan sin querer pedacitos de ti que ya no te gustaría conocer. 

Maldita interconexión. Malditos seis grados de separación.